Declaraciones del Presidente Trump ante la 72ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas

Organización de las Naciones Unidas

Nueva York, Nueva York

10:04 horas (hora del Este)

 

Sr. Secretario General, Sr. Presidente, líderes del mundo y distinguidos delegados: Bienvenidos a Nueva York. Es un gran honor estar aquí en mi ciudad natal como representante del pueblo estadounidense para dirigirme a los pueblos del mundo.

A medida que millones de nuestros ciudadanos continúan sufriendo los efectos de los devastadores huracanes que han azotado nuestro país, quiero comenzar expresando mi agradecimiento a todos los líderes de esta sala que han ofrecido asistencia y ayuda. El pueblo estadounidense es fuerte y resistente, y saldrá de estas dificultades más decidido que nunca.

Afortunadamente, a Estados Unidos le ha ido muy bien desde el día de las elecciones el 8 de noviembre pasado. El mercado de valores está al máximo de lo que nunca ha estado, un récord. El desempleo está en su nivel más bajo en 16 años, y debido a nuestras reformas regulatorias y otras, hay más gente trabajando en Estados Unidos hoy que nunca. Las empresas están mudándose aquí de nuevo, creando un crecimiento del empleo que nuestro país no ha visto en mucho tiempo. Y acaba de anunciarse que estaremos gastando casi 700.000 millones de dólares en nuestros militares y en defensa.

Nuestro ejército pronto será el más fuerte que haya sido nunca. Durante más de 70 años, en tiempos de guerra y paz, los líderes de naciones, movimientos y religiones se han presentado ante esta asamblea. Al igual que ellos, tengo la intención de abordar algunas de las amenazas muy graves que tenemos ante nosotros hoy en día, pero también hablaré sobre el enorme potencial que espera ser desencadenado.

Vivimos en un tiempo de extraordinarias oportunidades. Los avances en la ciencia, la tecnología y la medicina están curando enfermedades y resolviendo problemas que las generaciones anteriores creían imposibles de resolver.

Pero cada día también trae noticias de peligros crecientes que amenazan todo lo que valoramos y apreciamos. Terroristas y extremistas han reunido fuerzas y se han extendido a todas las regiones del planeta. Los regímenes renegados representados en este organismo no sólo apoyan a los terroristas, sino que amenazan a otras naciones y a sus propios pueblos con las armas más destructivas conocidas por la humanidad.

La autoridad y los poderes autoritarios buscan colapsar los valores, los sistemas y las alianzas que han impedido conflictos e inclinado el mundo hacia la libertad desde la Segunda Guerra Mundial.

Las redes criminales internacionales trafican con drogas, armas, personas; obligan a desplazamientos y migraciones masivas; amenazan nuestras fronteras; y nuevas formas de agresión explotan la tecnología para amenazar a nuestros ciudadanos.

Dicho sencillamente, nos encontramos en un momento de inmensa promesa y gran peligro. Depende enteramente de nosotros si levantamos el mundo hacia nuevas alturas, o lo dejamos caer en un valle del mal estado.

Está en nuestra mano, si así lo deseamos, sacar a millones de la pobreza, ayudar a nuestros ciudadanos a realizar sus sueños y asegurar que las nuevas generaciones de niños sean libres de la violencia, el odio y el miedo.

Esta institución fue fundada tras dos guerras mundiales para ayudar a dar forma a este mejor futuro. Estaba fundamentada en la visión de que diversas naciones podrían cooperar para proteger su soberanía, preservar su seguridad y promover su prosperidad.

Fue en el mismo período, hace exactamente 70 años, que Estados Unidos desarrolló el Plan Marshall para ayudar a Europa a recuperarse. Esas tres hermosas columnas son pilares de paz, soberanía, seguridad y prosperidad.

El Plan Marshall fue construido sobre la noble idea de que el mundo entero es más seguro cuando las naciones son fuertes, independientes y libres. Como dijo el presidente Truman en su mensaje al Congreso en aquél momento: “Nuestro apoyo a la recuperación europea está en pleno acuerdo con nuestro apoyo a las Naciones Unidas. El éxito de las Naciones Unidas depende de la fuerza independiente de sus miembros”.

Para superar los peligros del presente y para alcanzar la promesa del futuro, debemos comenzar con la sabiduría del pasado. Nuestro éxito depende de una coalición de países fuertes e independientes que abracen su soberanía para promover la seguridad, la prosperidad y la paz para sí mismos y para el mundo.

No esperamos que los diversos países compartan las mismas culturas, tradiciones o incluso sistemas de gobierno, pero esperamos que todas las naciones mantengan estos dos deberes fundamentales de la soberanía: respetar los intereses de su propio pueblo y los derechos de cualquier otro país soberano. Esta es la hermosa visión de esta institución, y esta es la base para la cooperación y el éxito.

Las naciones fuertes y soberanas permiten que diversos países con diferentes valores, culturas y sueños distintos no sólo coexistan, sino que trabajen uno junto al otro sobre la base del respeto mutuo.

Las naciones fuertes y soberanas permiten que sus pueblos tomen posesión del futuro y controlen su propio destino. Y las naciones fuertes y soberanas permiten que los individuos florezcan en la plenitud de la vida deseada por Dios.

En Estados Unidos, no buscamos imponer nuestro estilo de vida a nadie, sino dejarlo brillar como un ejemplo para que todos lo vean. Esta semana da a nuestro país una razón especial para estar orgullosos de ese ejemplo. Estamos celebrando el 230 aniversario de nuestra amada Constitución, la constitución más antigua aún en uso en el mundo actual.

Este documento atemporal ha sido el fundamento de la paz, la prosperidad y la libertad para los estadounidenses y para millones de personas en todo el mundo cuyos países han encontrado inspiración en su respeto a la naturaleza humana, la dignidad humana y el estado de derecho.

Lo más grande de la constitución de Estados Unidos son sus tres primeras y bellas palabras. A saber: “Nosotros el pueblo”.

Generaciones de estadounidenses se han sacrificado para mantener la promesa de esas palabras, la promesa de nuestro país, y de nuestra gran historia. En Estados Unidos, el pueblo gobierna, el pueblo hace las reglas, y el pueblo es soberano. Yo fui elegido no para tomar el poder, sino para darle poder al pueblo estadounidense, a quien pertenece.

En asuntos exteriores, estamos renovando este principio fundacional de soberanía. El primer deber de nuestro gobierno es para con su pueblo, para con nuestros ciudadanos, para servir a sus necesidades, garantizar su seguridad, preservar sus derechos y defender sus valores.

Como Presidente de Estados Unidos, siempre pondré a Estados Unidos en primer lugar, al igual que ustedes, como líderes de sus países siempre, y siempre deberían hacerlo, pondrán a sus países en primer lugar. (Aplausos.)

Todos los líderes responsables tienen la obligación de servir a sus propios ciudadanos, y el estado-nación sigue siendo el mejor vehículo para elevar la condición humana.

Pero hacer una vida mejor para nuestro pueblo también requiere que trabajemos juntos en estrecha armonía y unidad para crear un futuro más seguro y pacífico para todas las personas.

Estados Unidos será para siempre un gran amigo del mundo, y especialmente de sus aliados. Pero ya no se pueden aprovechar de él, o entrar en un acuerdo unilateral donde Estados Unidos no obtenga nada a cambio. Mientras yo esté en el cargo, defenderé los intereses de Estados Unidos por encima de todo.

Sin embargo, al cumplir nuestras obligaciones para con nuestros propios países, también nos damos cuenta de que es de interés para todos buscar un futuro donde todo país pueda ser soberano, próspero y seguro.

Estados Unidos hace más que hablar por los valores expresados ​​en la Carta de las Naciones Unidas. Nuestros ciudadanos han pagado el precio final de defender nuestra libertad y la libertad de muchas naciones representadas en esta gran sala. La devoción de Estados Unidos se mide en los campos de batalla donde nuestros hombres y mujeres jóvenes han luchado y sacrificado junto a nuestros aliados, desde las playas de Europa hasta los desiertos de Oriente Medio y las selvas de Asia.

Es un crédito eterno del carácter estadounidense que incluso después de que nosotros y nuestros aliados saliéramos victoriosos de la guerra más sangrienta de la historia, no buscamos la expansión territorial, ni intentamos oponernos e imponer nuestro modo de vida a los demás. En cambio, ayudamos a construir instituciones como ésta para defender la soberanía, la seguridad y la prosperidad para todos.

Para las diversas naciones del mundo, esta es nuestra esperanza. Queremos armonía y amistad, no conflictos y luchas. Nos guiamos por los resultados, no por la ideología. Tenemos una política de realismo de principios, arraigada en objetivos, intereses y valores compartidos.

Ese realismo nos obliga a confrontar una cuestión que enfrenta cada líder y país en esta sala. Es una cuestión que no podemos escapar o evitar. ¿Nos deslizaremos por el camino de la complacencia, adormecidos ante los retos, amenazas e incluso las guerras que enfrentamos, o tenemos suficiente fuerza y orgullo para enfrentar esos peligros hoy, para que nuestros ciudadanos puedan disfrutar de paz y prosperidad mañana?

Si deseamos levantar a nuestros ciudadanos, si aspiramos a tener la aprobación de la historia, entonces debemos cumplir nuestros deberes soberanos para con las personas que representamos fielmente. Debemos proteger nuestras naciones, sus intereses y sus futuros. Debemos rechazar las amenazas a la soberanía, desde Ucrania hasta el mar de China Meridional. Debemos respetar las leyes, respetar las fronteras y respetar la cultura, y el compromiso pacífico que estas permiten. Y así como pretendían los fundadores de este cuerpo, debemos trabajar juntos y confrontar juntos a aquellos que nos amenazan con el caos, la confusión y el terror.

El flagelo de nuestro planeta hoy es un pequeño grupo de regímenes renegados que violan todos los principios en los que se basan las Naciones Unidas. No respetan ni a sus propios ciudadanos ni los derechos soberanos de sus países.

Si los muchos justos no se enfrentan a los pocos perversos, entonces el mal triunfará. Cuando las personas decentes y las naciones se convierten en espectadores de la historia, las fuerzas de la destrucción acopian más poder y fuerza.

Nadie ha mostrado más desprecio por otros países y por el bienestar de su propio pueblo que el depravado régimen de Corea del Norte. Es responsable de las muertes por hambre de millones de norcoreanos, y por el encarcelamiento, la tortura, la matanza y la opresión de innumerables más.

Todos fuimos testigos del mortífero abuso del régimen cuando Otto Warmbier, un inocente estudiante universitario estadounidense, fue devuelto a Estados Unidos para morir unos días después. Lo vimos en el asesinato del hermano del dictador con agentes nerviosos prohibidos en un aeropuerto internacional. Sabemos que secuestró a una dulce niña japonesa de 13 años de una playa de su propio país para esclavizarla como tutora de idiomas para los espías de Corea del Norte.

Si esto no es lo suficientemente retorcido, ahora la persecución imprudente de armas nucleares y misiles balísticos por Corea del Norte amenaza al mundo entero con la pérdida impensable de la vida humana.

Es escandaloso que algunos países no sólo comercien con ese régimen, sino que armen, suministren y apoyen financieramente a un país que pone en peligro el mundo con conflictos nucleares. Ninguna nación en la tierra tiene interés en ver esta banda de criminales armarse con armas y misiles nucleares.

Estados Unidos tiene gran fuerza y ​​paciencia, pero si se ve obligado a defenderse a sí mismo o a sus aliados, no tendremos más remedio que destruir totalmente a Corea del Norte. El “Rocket Man” está en una misión suicida para sí y para su régimen. Estados Unidos está listo, dispuesto y es capaz, pero espero que esto no sea necesario. De eso se tratan las Naciones Unidas; para eso están las Naciones Unidas. Veamos cómo lo hacen.

Es hora de que Corea del Norte se dé cuenta de que la desnuclearización es su único futuro aceptable. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas celebró recientemente dos votaciones unánimes por 15 votos a cero, en las que se aprobaron resoluciones contra Corea del Norte, y quiero agradecer a China y a Rusia por unirse a la votación para imponer sanciones, junto con todos los demás miembros del Consejo de Seguridad. Gracias a todos los que participaron.

Pero debemos hacer mucho más. Es hora de que todas las naciones trabajen juntas para aislar al régimen de Kim hasta que cese su comportamiento hostil.

Nos enfrentamos a esta decisión no solo en Corea del Norte. Ya es hora de que las naciones del mundo se enfrenten a otro régimen imprudente, uno que habla abiertamente de asesinatos en masa, promete la muerte a Estados Unidos, la destrucción de Israel y la ruina de muchos líderes y naciones en esta sala.

El gobierno iraní enmascara una dictadura corrupta detrás de la falsa apariencia de una democracia. Ha convertido a un país rico, con una rica historia y cultura, en un país renegado y económicamente exhausto, cuyas principales exportaciones son la violencia, el derramamiento de sangre y el caos. La víctima de los líderes de Irán que ha sufrido durante más tiempo es de hecho su propio pueblo.

En lugar de utilizar sus recursos para mejorar las vidas de los iraníes, sus ganancias petroleras van a financiar a Hezbolá y a otros terroristas que matan a inocentes musulmanes y atacan a sus pacíficos vecinos árabes e israelíes. Esta riqueza, que pertenece justamente al pueblo iraní, también fortalece la dictadura de Bashar al-Assad, alimenta la guerra civil de Yemen y socava la paz en todo Oriente Medio.

No podemos permitir que un régimen asesino continúe con estas actividades desestabilizadoras mientras construye misiles peligrosos, y no podemos cumplir un acuerdo si este proporciona cobertura para la eventual creación de un programa nuclear. (Aplausos). El acuerdo con Irán fue una de las peores y más unilaterales transacciones que Estados Unidos haya hecho nunca. Francamente, ese trato es una vergüenza para Estados Unidos, y no creo que hayan oído lo último al respecto, créanme.

Es hora de que el mundo entero se una a nosotros en la exigencia de que el gobierno de Irán termine su búsqueda de la muerte y la destrucción. Es hora de que el régimen libere a todos los estadounidenses y ciudadanos de otras naciones que han detenido injustamente. Y sobre todo, el gobierno de Irán debe dejar de apoyar a los terroristas, comenzar a servir a su propio pueblo y respetar los derechos soberanos de sus vecinos.

El mundo entero entiende que las buenas personas de Irán quieren el cambio, y, aparte de la vasta potencia militar de Estados Unidos, lo que más temen los líderes de Irán es a su pueblo. Esto es lo que hace que el régimen restrinja el acceso a Internet, destruya las antenas parabólicas, dispare a estudiantes desarmados que protestan y aprisione a reformadores políticos.

Los regímenes opresores no pueden durar para siempre, y llegará el día en que el pueblo iraní tendrá que elegir. ¿Seguirán por el camino de la pobreza, el derramamiento de sangre y el terror? ¿O el pueblo iraní volverá a las raíces orgullosas de la nación como un centro de civilización, cultura y riqueza donde su pueblo pueda ser feliz y próspero una vez más?

El apoyo del régimen iraní al terrorismo está en marcado contraste con los recientes compromisos de muchos de sus vecinos para combatir el terrorismo y detener su financiamiento.

En Arabia Saudita tuve el gran honor a principios del pasado año de dirigirme a los líderes de más de 50 países árabes y musulmanes. Acordamos que todas las naciones responsables deben trabajar juntas para confrontar a los terroristas y al extremismo islamista que los inspira.

Detendremos el terrorismo radical islámico porque no podemos permitir que destruya nuestra nación y, por supuesto, que destruya el mundo entero.

Debemos negar a los terroristas refugio seguro, tránsito, financiamiento y cualquier forma de apoyo a su vil y siniestra ideología. Debemos expulsarlos de nuestras naciones. Es hora de exponer y responsabilizar a los países que apoyan y financian a grupos terroristas como al Qaeda, Hezbolá, los talibanes y otros que matan a personas inocentes.

Estados Unidos y nuestros aliados trabajan juntos en todo Oriente Medio para aplastar a los terroristas perdedores y detener el resurgimiento de los refugios seguros que usan para lanzar ataques contra todos nuestros pueblos.

El mes pasado, anuncié una nueva estrategia para la victoria en la lucha contra este mal en Afganistán. A partir de ahora, nuestros intereses de seguridad dictarán la duración y el alcance de las operaciones militares, no puntos de referencia arbitrarios y calendarios establecidos por los políticos.

También he cambiado totalmente las reglas de combate en nuestra lucha contra los talibanes y otros grupos terroristas. En Siria e Iraq hemos hecho grandes progresos hacia una derrota duradera de ISIS. De hecho, nuestro país ha logrado más contra ISIS en los últimos ocho meses que en muchos, muchos años combinados.

Buscamos la desescalada del conflicto sirio y una solución política que honre la voluntad del pueblo sirio. Las acciones del régimen criminal de Bashar al-Assad, incluyendo el uso de armas químicas contra sus propios ciudadanos, incluso niños inocentes, sacuden la conciencia de toda persona decente. Ninguna sociedad puede estar a salvo si se permite que armas químicas prohibidas puedan propagarse. Es por eso que Estados Unidos llevó a cabo un ataque con misiles en la base aérea que lanzó el ataque.

Valoramos los esfuerzos de los organismos de las Naciones Unidas que prestan asistencia humanitaria vital en las zonas liberadas de ISIS y agradecemos en particular a Jordania, Turquía y el Líbano por su papel en la acogida de los refugiados del conflicto sirio.

Estados Unidos es un país compasivo y ha gastado miles de miles de millones de dólares en ayudar a apoyar este esfuerzo. Buscamos un enfoque para el reasentamiento de refugiados que está diseñado para ayudar a estas personas horriblemente tratadas, y que permita su eventual retorno a sus países de origen, para ser parte del proceso de reconstrucción.

Por el costo de reasentar a un refugiado en los Estados Unidos, podemos ayudar a más de 10 en su región de origen. Por la bondad de nuestros corazones, ofrecemos asistencia financiera a los países anfitriones de la región y apoyamos los acuerdos recientes de los países del G20 que tratarán de acoger a refugiados lo más cerca posible de sus países de origen. Este es el enfoque seguro, responsable y humanitario.

Durante décadas, Estados Unidos ha abordado los desafíos migratorios aquí en el Hemisferio Occidental. Hemos aprendido que, a largo plazo, la migración incontrolada es profundamente injusta tanto para los países emisores como para los receptores.

Para los países emisores, reduce la presión doméstica para llevar a cabo las necesarias reformas políticas y económicas y los drena del capital humano necesario para motivar e implementar esas reformas.

Para los países receptores, los costos sustanciales de la migración no controlada son soportados abrumadoramente por los ciudadanos de bajos ingresos cuyas preocupaciones son a menudo ignoradas por los medios de comunicación y el gobierno.

Quiero destacar la labor de las Naciones Unidas en el intento de abordar los problemas que hacen que la gente huya de sus hogares. Las Naciones Unidas y la Unión Africana lideraron misiones de mantenimiento de paz que han sido contribuciones invalorables a la estabilización de conflictos en África. Estados Unidos continúa liderando el mundo en asistencia humanitaria, incluida la prevención y el alivio del hambre en Sudán del Sur, Somalia, el norte de Nigeria y Yemen.

Hemos invertido en mejores condiciones de salud y oportunidades en todo el mundo a través de programas como PEPFAR, que financia el alivio del SIDA; la Iniciativa del Presidente contra la Malaria; la Agenda de Seguridad Sanitaria Mundial; el Fondo mundial para poner fin a la esclavitud moderna; y la Iniciativa de Financiamiento para Mujeres Emprendedoras, parte de nuestro compromiso de empoderar a las mujeres en todo el mundo.

Agradecemos también – (aplausos) – agradecemos también al Secretario General el reconocimiento de que las Naciones Unidas deben reformarse si quieren ser un socio eficaz para hacer frente a las amenazas a la soberanía, la seguridad y la prosperidad. Con demasiada frecuencia el enfoque de esta organización no ha estado en los resultados, sino en la burocracia y el proceso.

En algunos casos, los estados que buscan subvertir los nobles objetivos de esta institución han secuestrado los propios sistemas que se supone que promuevan. Por ejemplo, es una fuente masiva de vergüenza para las Naciones Unidas que algunos gobiernos con historiales atroces en materia de derechos humanos sean parte del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Estados Unidos es uno de los 193 países de las Naciones Unidas, y sin embargo, pagamos el 22 por ciento de todo el presupuesto y más. De hecho, pagamos mucho más de lo que cualquiera se da cuenta. Estados Unidos tiene una carga de costos injusta, pero, para ser justos, si realmente pudieran lograr todos sus objetivos declarados, especialmente el objetivo de la paz, esta inversión fácilmente valdría la pena.

Importantes partes del mundo están en conflicto y algunas, de hecho, van al infierno. Pero personas poderosas de esta sala, bajo la dirección y los auspicios de las Naciones Unidas, pueden resolver muchos de estos horribles y complejos problemas.

El pueblo estadounidense espera que un día pronto las Naciones Unidas puedan ser un defensor mucho más responsable y eficaz de la dignidad humana y la libertad en todo el mundo. Mientras tanto, creemos que ninguna nación debería tener que soportar una parte desproporcionada de la carga, ya sea militar o financiera. Las naciones del mundo deben asumir un papel mayor en la promoción de sociedades seguras y prósperas en sus propias regiones.

Es por eso que en el Hemisferio Occidental Estados Unidos se ha opuesto al régimen corrupto y desestabilizador de Cuba y haya abrazado el sueño duradero de que el pueblo cubano viva en libertad. Mi administración anunció recientemente que no levantaremos sanciones al gobierno cubano hasta que haga reformas fundamentales.

También hemos impuesto sanciones duras y calibradas al régimen socialista de Maduro en Venezuela, que ha llevado a una nación próspera al borde del colapso total.

La dictadura socialista de Nicolás Maduro ha infligido terrible dolor y sufrimiento a la buena gente de ese país. Este régimen corrupto destruyó una nación próspera al imponer una ideología fallida que ha producido pobreza y miseria en todas partes donde se ha intentado. Para empeorar las cosas, Maduro ha desafiado a su propio pueblo, robando el poder de sus representantes electos para preservar su desastroso régimen.

El pueblo venezolano está muriendo de hambre y su país está colapsando. Sus instituciones democráticas están siendo destruidas. Esta situación es completamente inaceptable y no podemos quedarnos mirando.

Como vecino y amigo responsable, nosotros y todos los demás tenemos un objetivo. Ese objetivo es ayudarles a recuperar su libertad, recuperar su país y restaurar su democracia. Quisiera agradecer a los líderes en esta sala por condenar al régimen y brindar un apoyo vital al pueblo venezolano.

Estados Unidos ha tomado medidas importantes para responsabilizar al régimen. Estamos dispuestos a tomar más medidas si el gobierno de Venezuela persiste en su camino para imponer un gobierno autoritario al pueblo venezolano.

Tenemos la suerte de tener relaciones comerciales increíblemente fuertes y saludables con muchos de los países latinoamericanos reunidos hoy aquí. Nuestro vínculo económico constituye una base crítica para el avance de la paz y la prosperidad para todos nuestros pueblos y todos nuestros vecinos.

Pido a todos los países aquí representados que estén dispuestos a hacer más para hacer frente a esta crisis tan real. Llamamos a la restauración plena de la democracia y las libertades políticas en Venezuela. (Aplausos).

El problema en Venezuela no es que el socialismo haya sido mal implementado, sino que el socialismo haya sido implementado fielmente. Desde la Unión Soviética a Cuba hasta Venezuela, dondequiera que se haya adoptado el verdadero socialismo o comunismo, ha producido angustia, devastación y fracaso. Aquellos que predican los principios de estas ideologías desacreditadas sólo contribuyen al sufrimiento continuo de las personas que viven bajo estos crueles sistemas.

Estados Unidos está junto a cada persona que vive bajo un régimen brutal. Nuestro respeto a la soberanía es también un llamado a la acción. Todos los pueblos merecen un gobierno que se preocupe por su seguridad, sus intereses y su bienestar, incluyendo su prosperidad.

En Estados Unidos buscamos lazos más fuertes de negocios y comercio con todas las naciones de buena voluntad, pero este comercio debe ser justo y debe ser recíproco.

Durante demasiado tiempo, el pueblo estadounidense fue informado de que los enormes acuerdos comerciales multinacionales, los tribunales internacionales que no rinden cuentas y las poderosas burocracias mundiales eran la mejor manera de promover su éxito; pero a medida que se actuaba respecto a esas promesas, millones de empleos desaparecieron y miles de fábricas desaparecieron. Otros aprovechaban el sistema y rompían las reglas. Y nuestra gran clase media, que una vez fue la base de la prosperidad estadounidense, fue olvidada y quedó atrás, pero ya no se les olvida y nunca más serán olvidadas.

Aunque Estados Unidos buscará la cooperación y el comercio con otros países, renovamos nuestro compromiso con el primer deber de cada gobierno: el deber con nuestros ciudadanos. Este vínculo es la fuente de la fortaleza de Estados Unidos y de cada nación responsable hoy aquí representada.

Si esta organización tiene la esperanza de enfrentar con éxito los desafíos que tenemos ante nosotros, dependerá, como dijo el presidente Truman hace unos 70 años, de la “fuerza independiente de sus miembros”. Si queremos aprovechar las oportunidades del futuro y superar juntos los peligros presentes, no puede haber sustituto para las naciones fuertes, soberanas e independientes, naciones que están arraigadas en sus historias y que han invertido en sus destinos; naciones que buscan aliados para hacer amistad, no enemigos para conquistar; y lo más importante de todo, naciones que son hogar de patriotas, de hombres y mujeres que están dispuestos a sacrificarse por sus países, sus conciudadanos, y por todo lo que es mejor en el espíritu humano.

Al recordar la gran victoria que condujo a la fundación de este organismo, nunca debemos olvidar que aquellos héroes que lucharon contra el mal también lucharon por las naciones que amaron.

El patriotismo llevó a los polacos a morir para salvar Polonia, a los franceses a luchar por una Francia libre, y a los británicos a mantenerse fuertes por Gran Bretaña.

Hoy, si no nos entregamos nosotros mismos, nuestros corazones y nuestras mentes en nuestras naciones, si no construimos familias fuertes, comunidades seguras y sociedades sanas para nosotros, nadie puede hacerlo por nosotros.

No podemos esperar que alguien más, que países lejanos o burócratas lejanos lo hagan, no podemos hacerlo. Debemos resolver nuestros problemas, construir nuestra prosperidad, asegurar nuestro futuro, o seremos vulnerables a la decadencia, la dominación y la derrota.

La verdadera pregunta para las Naciones Unidas hoy en día, para las personas de todo el mundo que esperan una vida mejor para ellos y para sus hijos, es fundamental: ¿seguimos siendo patriotas? ¿Amamos nuestros países lo suficiente como para proteger su soberanía y tomar posesión de su futuro? ¿Los reverenciamos lo suficiente como para defender sus intereses, preservar sus culturas y asegurar un mundo pacífico para sus ciudadanos?

Uno de los más grandes patriotas estadounidenses, John Adams, escribió que la revolución de Estados Unidos fue “efectuada antes de que comenzara la guerra [de la Independencia], la revolución estaba en las mentes y los corazones de la gente”.

Ese fue el momento en que Estados Unidos despertó, cuando miramos alrededor y entendimos que éramos una nación. Nos dimos cuenta de quiénes éramos, qué valorábamos y que daríamos nuestras vidas para defenderlo. Desde sus primeros momentos, la historia estadounidense es la historia de lo que es posible cuando las personas se apropian de su futuro.

Los Estados Unidos de América han sido una de las mayores fuerzas para el bien en la historia del mundo y los más grandes defensores de la soberanía, la seguridad y la prosperidad para todos.

Ahora estamos llamando a un gran despertar de las naciones, al restablecimiento de sus espíritus, su orgullo, su pueblo y su patriotismo.

La historia nos pregunta si estamos a la altura de la tarea. Nuestra respuesta será una renovación de la voluntad, un redescubrimiento de la resolución y un renacimiento de la devoción. Tenemos que derrotar a los enemigos de la humanidad y desbloquear el potencial de la vida misma.

Nuestra esperanza es una palabra y un mundo de naciones orgullosas e independientes que abrazan sus deberes, buscan la amistad, respetan a otros y hacen causa común en el mayor interés compartido de todos: un futuro de dignidad y paz para la gente de esta maravillosa Tierra.

Esta es la verdadera visión de las Naciones Unidas, el antiguo deseo de cada pueblo y el anhelo más profundo que vive dentro de cada alma sagrada.

Así que sea ésta nuestra misión, y que este sea nuestro mensaje al mundo: Lucharemos juntos, nos sacrificaremos juntos, y permaneceremos juntos por la paz, por la libertad, por la justicia, por la familia, por la humanidad y por el Dios todopoderoso que nos hizo a todos.

Gracias. Dios les bendiga. Dios bendiga a las naciones del mundo. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América. Muchas gracias. (Aplausos).

FIN               10:46 horas (hora del Este)

 

 

 

 

(4632)

THE WHITE HOUSE

Office of the Press Secretary

THE WHITE HOUSE
Office of the Press Secretary
September 19, 2017

REMARKS BY PRESIDENT TRUMP
TO THE 72ND SESSION OF THE UNITED NATIONS GENERAL ASSEMBLY

United Nations
New York, New York

10:04 A.M. EDT

Mr. Secretary General, Mr. President, world leaders, and distinguished delegates: Welcome to New York. It is a profound honor to stand here in my home city, as a representative of the American people, to address the people of the world.

As millions of our citizens continue to suffer the effects of the devastating hurricanes that have struck our country, I want to begin by expressing my appreciation to every leader in this room who has offered assistance and aid. The American people are strong and resilient, and they will emerge from these hardships more determined than ever before.

Fortunately, the United States has done very well since Election Day last November 8th. The stock market is at an all-time high — a record. Unemployment is at its lowest level in 16 years, and because of our regulatory and other reforms, we have more people working in the United States today than ever before. Companies are moving back, creating job growth the likes of which our country has not seen in a very long time. And it has just been announced that we will be spending almost $700 billion on our military and defense.

Our military will soon be the strongest it has ever been. For more than 70 years, in times of war and peace, the leaders of nations, movements, and religions have stood before this assembly. Like them, I intend to address some of the very serious threats before us today but also the enormous potential waiting to be unleashed.

We live in a time of extraordinary opportunity. Breakthroughs in science, technology, and medicine are curing illnesses and solving problems that prior generations thought impossible to solve.

But each day also brings news of growing dangers that threaten everything we cherish and value. Terrorists and extremists have gathered strength and spread to every region of the planet. Rogue regimes represented in this body not only support terrorists but threaten other nations and their own people with the most destructive weapons known to humanity.

Authority and authoritarian powers seek to collapse the values, the systems, and alliances that prevented conflict and tilted the world toward freedom since World War II.

International criminal networks traffic drugs, weapons, people; force dislocation and mass migration; threaten our borders; and new forms of aggression exploit technology to menace our citizens.

To put it simply, we meet at a time of both of immense promise and great peril. It is entirely up to us whether we lift the world to new heights, or let it fall into a valley of disrepair.

We have it in our power, should we so choose, to lift millions from poverty, to help our citizens realize their dreams, and to ensure that new generations of children are raised free from violence, hatred, and fear.

This institution was founded in the aftermath of two world wars to help shape this better future. It was based on the vision that diverse nations could cooperate to protect their sovereignty, preserve their security, and promote their prosperity.

It was in the same period, exactly 70 years ago, that the United States developed the Marshall Plan to help restore Europe. Those three beautiful pillars — they’re pillars of peace, sovereignty, security, and prosperity.

The Marshall Plan was built on the noble idea that the whole world is safer when nations are strong, independent, and free. As President Truman said in his message to Congress at that time, “Our support of European recovery is in full accord with our support of the United Nations. The success of the United Nations depends upon the independent strength of its members.”

To overcome the perils of the present and to achieve the promise of the future, we must begin with the wisdom of the past. Our success depends on a coalition of strong and independent nations that embrace their sovereignty to promote security, prosperity, and peace for themselves and for the world.

We do not expect diverse countries to share the same cultures, traditions, or even systems of government. But we do expect all nations to uphold these two core sovereign duties: to respect the interests of their own people and the rights of every other sovereign nation. This is the beautiful vision of this institution, and this is foundation for cooperation and success.

Strong, sovereign nations let diverse countries with different values, different cultures, and different dreams not just coexist, but work side by side on the basis of mutual respect.

Strong, sovereign nations let their people take ownership of the future and control their own destiny. And strong, sovereign nations allow individuals to flourish in the fullness of the life intended by God.

In America, we do not seek to impose our way of life on anyone, but rather to let it shine as an example for everyone to watch. This week gives our country a special reason to take pride in that example. We are celebrating the 230th anniversary of our beloved Constitution — the oldest constitution still in use in the world today.

This timeless document has been the foundation of peace, prosperity, and freedom for the Americans and for countless millions around the globe whose own countries have found inspiration in its respect for human nature, human dignity, and the rule of law.

The greatest in the United States Constitution is its first three beautiful words. They are: “We the people.”

Generations of Americans have sacrificed to maintain the promise of those words, the promise of our country, and of our great history. In America, the people govern, the people rule, and the people are sovereign. I was elected not to take power, but to give power to the American people, where it belongs.

In foreign affairs, we are renewing this founding principle of sovereignty. Our government’s first duty is to its people, to our citizens — to serve their needs, to ensure their safety, to preserve their rights, and to defend their values.

As President of the United States, I will always put America first, just like you, as the leaders of your countries will always, and should always, put your countries first. (Applause.)

All responsible leaders have an obligation to serve their own citizens, and the nation-state remains the best vehicle for elevating the human condition.

But making a better life for our people also requires us to work together in close harmony and unity to create a more safe and peaceful future for all people.

The United States will forever be a great friend to the world, and especially to its allies. But we can no longer be taken advantage of, or enter into a one-sided deal where the United States gets nothing in return. As long as I hold this office, I will defend America’s interests above all else.

But in fulfilling our obligations to our own nations, we also realize that it’s in everyone’s interest to seek a future where all nations can be sovereign, prosperous, and secure.

America does more than speak for the values expressed in the United Nations Charter. Our citizens have paid the ultimate price to defend our freedom and the freedom of many nations represented in this great hall. America’s devotion is measured on the battlefields where our young men and women have fought and sacrificed alongside of our allies, from the beaches of Europe to the deserts of the Middle East to the jungles of Asia.

It is an eternal credit to the American character that even after we and our allies emerged victorious from the bloodiest war in history, we did not seek territorial expansion, or attempt to oppose and impose our way of life on others. Instead, we helped build institutions such as this one to defend the sovereignty, security, and prosperity for all.

For the diverse nations of the world, this is our hope. We want harmony and friendship, not conflict and strife. We are guided by outcomes, not ideology. We have a policy of principled realism, rooted in shared goals, interests, and values.

That realism forces us to confront a question facing every leader and nation in this room. It is a question we cannot escape or avoid. We will slide down the path of complacency, numb to the challenges, threats, and even wars that we face. Or do we have enough strength and pride to confront those dangers today, so that our citizens can enjoy peace and prosperity tomorrow?

If we desire to lift up our citizens, if we aspire to the approval of history, then we must fulfill our sovereign duties to the people we faithfully represent. We must protect our nations, their interests, and their futures. We must reject threats to sovereignty, from the Ukraine to the South China Sea. We must uphold respect for law, respect for borders, and respect for culture, and the peaceful engagement these allow. And just as the founders of this body intended, we must work together and confront together those who threaten us with chaos, turmoil, and terror.

The scourge of our planet today is a small group of rogue regimes that violate every principle on which the United Nations is based. They respect neither their own citizens nor the sovereign rights of their countries.

If the righteous many do not confront the wicked few, then evil will triumph. When decent people and nations become bystanders to history, the forces of destruction only gather power and strength.

No one has shown more contempt for other nations and for the wellbeing of their own people than the depraved regime in North Korea. It is responsible for the starvation deaths of millions of North Koreans, and for the imprisonment, torture, killing, and oppression of countless more.

We were all witness to the regime’s deadly abuse when an innocent American college student, Otto Warmbier, was returned to America only to die a few days later. We saw it in the assassination of the dictator’s brother using banned nerve agents in an international airport. We know it kidnapped a sweet 13-year-old Japanese girl from a beach in her own country to enslave her as a language tutor for North Korea’s spies.

If this is not twisted enough, now North Korea’s reckless pursuit of nuclear weapons and ballistic missiles threatens the entire world with unthinkable loss of human life.

It is an outrage that some nations would not only trade with such a regime, but would arm, supply, and financially support a country that imperils the world with nuclear conflict. No nation on earth has an interest in seeing this band of criminals arm itself with nuclear weapons and missiles.

The United States has great strength and patience, but if it is forced to defend itself or its allies, we will have no choice but to totally destroy North Korea. Rocket Man is on a suicide mission for himself and for his regime. The United States is ready, willing and able, but hopefully this will not be necessary. That’s what the United Nations is all about; that’s what the United Nations is for. Let’s see how they do.

It is time for North Korea to realize that the denuclearization is its only acceptable future. The United Nations Security Council recently held two unanimous 15-0 votes adopting hard-hitting resolutions against North Korea, and I want to thank China and Russia for joining the vote to impose sanctions, along with all of the other members of the Security Council. Thank you to all involved.

But we must do much more. It is time for all nations to work together to isolate the Kim regime until it ceases its hostile behavior.

We face this decision not only in North Korea. It is far past time for the nations of the world to confront another reckless regime — one that speaks openly of mass murder, vowing death to America, destruction to Israel, and ruin for many leaders and nations in this room.

The Iranian government masks a corrupt dictatorship behind the false guise of a democracy. It has turned a wealthy country with a rich history and culture into an economically depleted rogue state whose chief exports are violence, bloodshed, and chaos. The longest-suffering victims of Iran’s leaders are, in fact, its own people.

Rather than use its resources to improve Iranian lives, its oil profits go to fund Hezbollah and other terrorists that kill innocent Muslims and attack their peaceful Arab and Israeli neighbors. This wealth, which rightly belongs to Iran’s people, also goes to shore up Bashar al-Assad’s dictatorship, fuel Yemen’s civil war, and undermine peace throughout the entire Middle East.

We cannot let a murderous regime continue these destabilizing activities while building dangerous missiles, and we cannot abide by an agreement if it provides cover for the eventual construction of a nuclear program. (Applause.) The Iran Deal was one of the worst and most one-sided transactions the United States has ever entered into. Frankly, that deal is an embarrassment to the United States, and I don’t think you’ve heard the last of it — believe me.

It is time for the entire world to join us in demanding that Iran’s government end its pursuit of death and destruction. It is time for the regime to free all Americans and citizens of other nations that they have unjustly detained. And above all, Iran’s government must stop supporting terrorists, begin serving its own people, and respect the sovereign rights of its neighbors.

The entire world understands that the good people of Iran want change, and, other than the vast military power of the United States, that Iran’s people are what their leaders fear the most. This is what causes the regime to restrict Internet access, tear down satellite dishes, shoot unarmed student protestors, and imprison political reformers.

Oppressive regimes cannot endure forever, and the day will come when the Iranian people will face a choice. Will they continue down the path of poverty, bloodshed, and terror? Or will the Iranian people return to the nation’s proud roots as a center of civilization, culture, and wealth where their people can be happy and prosperous once again?

The Iranian regime’s support for terror is in stark contrast to the recent commitments of many of its neighbors to fight terrorism and halt its financing.

In Saudi Arabia early last year, I was greatly honored to address the leaders of more than 50 Arab and Muslim nations. We agreed that all responsible nations must work together to confront terrorists and the Islamist extremism that inspires them.

We will stop radical Islamic terrorism because we cannot allow it to tear up our nation, and indeed to tear up the entire world.

We must deny the terrorists safe haven, transit, funding, and any form of support for their vile and sinister ideology. We must drive them out of our nations. It is time to expose and hold responsible those countries who support and finance terror groups like al Qaeda, Hezbollah, the Taliban and others that slaughter innocent people.

The United States and our allies are working together throughout the Middle East to crush the loser terrorists and stop the reemergence of safe havens they use to launch attacks on all of our people.

Last month, I announced a new strategy for victory in the fight against this evil in Afghanistan. From now on, our security interests will dictate the length and scope of military operations, not arbitrary benchmarks and timetables set up by politicians.

I have also totally changed the rules of engagement in our fight against the Taliban and other terrorist groups. In Syria and Iraq, we have made big gains toward lasting defeat of ISIS. In fact, our country has achieved more against ISIS in the last eight months than it has in many, many years combined.

We seek the de-escalation of the Syrian conflict, and a political solution that honors the will of the Syrian people. The actions of the criminal regime of Bashar al-Assad, including the use of chemical weapons against his own citizens — even innocent children — shock the conscience of every decent person. No society can be safe if banned chemical weapons are allowed to spread. That is why the United States carried out a missile strike on the airbase that launched the attack.

We appreciate the efforts of United Nations agencies that are providing vital humanitarian assistance in areas liberated from ISIS, and we especially thank Jordan, Turkey and Lebanon for their role in hosting refugees from the Syrian conflict.

The United States is a compassionate nation and has spent billions and billions of dollars in helping to support this effort. We seek an approach to refugee resettlement that is designed to help these horribly treated people, and which enables their eventual return to their home countries, to be part of the rebuilding process.

For the cost of resettling one refugee in the United States, we can assist more than 10 in their home region. Out of the goodness of our hearts, we offer financial assistance to hosting countries in the region, and we support recent agreements of the G20 nations that will seek to host refugees as close to their home countries as possible. This is the safe, responsible, and humanitarian approach.

For decades, the United States has dealt with migration challenges here in the Western Hemisphere. We have learned that, over the long term, uncontrolled migration is deeply unfair to both the sending and the receiving countries.

For the sending countries, it reduces domestic pressure to pursue needed political and economic reform, and drains them of the human capital necessary to motivate and implement those reforms.

For the receiving countries, the substantial costs of uncontrolled migration are borne overwhelmingly by low-income citizens whose concerns are often ignored by both media and government.

I want to salute the work of the United Nations in seeking to address the problems that cause people to flee from their homes. The United Nations and African Union led peacekeeping missions to have invaluable contributions in stabilizing conflicts in Africa. The United States continues to lead the world in humanitarian assistance, including famine prevention and relief in South Sudan, Somalia, and northern Nigeria and Yemen.

We have invested in better health and opportunity all over the world through programs like PEPFAR, which funds AIDS relief; the President’s Malaria Initiative; the Global Health Security Agenda; the Global Fund to End Modern Slavery; and the Women Entrepreneurs Finance Initiative, part of our commitment to empowering women all across the globe.

We also thank — (applause) — we also thank the Secretary General for recognizing that the United Nations must reform if it is to be an effective partner in confronting threats to sovereignty, security, and prosperity. Too often the focus of this organization has not been on results, but on bureaucracy and process.

In some cases, states that seek to subvert this institution’s noble aims have hijacked the very systems that are supposed to advance them. For example, it is a massive source of embarrassment to the United Nations that some governments with egregious human rights records sit on the U.N. Human Rights Council.

The United States is one out of 193 countries in the United Nations, and yet we pay 22 percent of the entire budget and more. In fact, we pay far more than anybody realizes. The United States bears an unfair cost burden, but, to be fair, if it could actually accomplish all of its stated goals, especially the goal of peace, this investment would easily be well worth it.

Major portions of the world are in conflict and some, in fact, are going to hell. But the powerful people in this room, under the guidance and auspices of the United Nations, can solve many of these vicious and complex problems.

The American people hope that one day soon the United Nations can be a much more accountable and effective advocate for human dignity and freedom around the world. In the meantime, we believe that no nation should have to bear a disproportionate share of the burden, militarily or financially. Nations of the world must take a greater role in promoting secure and prosperous societies in their own regions.

That is why in the Western Hemisphere, the United States has stood against the corrupt and destabilizing regime in Cuba and embraced the enduring dream of the Cuban people to live in freedom. My administration recently announced that we will not lift sanctions on the Cuban government until it makes fundamental reforms.

We have also imposed tough, calibrated sanctions on the socialist Maduro regime in Venezuela, which has brought a once thriving nation to the brink of total collapse.

The socialist dictatorship of Nicolas Maduro has inflicted terrible pain and suffering on the good people of that country. This corrupt regime destroyed a prosperous nation by imposing a failed ideology that has produced poverty and misery everywhere it has been tried. To make matters worse, Maduro has defied his own people, stealing power from their elected representatives to preserve his disastrous rule.

The Venezuelan people are starving and their country is collapsing. Their democratic institutions are being destroyed. This situation is completely unacceptable and we cannot stand by and watch.

As a responsible neighbor and friend, we and all others have a goal. That goal is to help them regain their freedom, recover their country, and restore their democracy. I would like to thank leaders in this room for condemning the regime and providing vital support to the Venezuelan people.

The United States has taken important steps to hold the regime accountable. We are prepared to take further action if the government of Venezuela persists on its path to impose authoritarian rule on the Venezuelan people.

We are fortunate to have incredibly strong and healthy trade relationships with many of the Latin American countries gathered here today. Our economic bond forms a critical foundation for advancing peace and prosperity for all of our people and all of our neighbors.

I ask every country represented here today to be prepared to do more to address this very real crisis. We call for the full restoration of democracy and political freedoms in Venezuela. (Applause.)

The problem in Venezuela is not that socialism has been poorly implemented, but that socialism has been faithfully implemented. (Applause.) From the Soviet Union to Cuba to Venezuela, wherever true socialism or communism has been adopted, it has delivered anguish and devastation and failure. Those who preach the tenets of these discredited ideologies only contribute to the continued suffering of the people who live under these cruel systems.

America stands with every person living under a brutal regime. Our respect for sovereignty is also a call for action. All people deserve a government that cares for their safety, their interests, and their wellbeing, including their prosperity.

In America, we seek stronger ties of business and trade with all nations of good will, but this trade must be fair and it must be reciprocal.

For too long, the American people were told that mammoth multinational trade deals, unaccountable international tribunals, and powerful global bureaucracies were the best way to promote their success. But as those promises flowed, millions of jobs vanished and thousands of factories disappeared. Others gamed the system and broke the rules. And our great middle class, once the bedrock of American prosperity, was forgotten and left behind, but they are forgotten no more and they will never be forgotten again.

While America will pursue cooperation and commerce with other nations, we are renewing our commitment to the first duty of every government: the duty of our citizens. This bond is the source of America’s strength and that of every responsible nation represented here today.

If this organization is to have any hope of successfully confronting the challenges before us, it will depend, as President Truman said some 70 years ago, on the “independent strength of its members.” If we are to embrace the opportunities of the future and overcome the present dangers together, there can be no substitute for strong, sovereign, and independent nations — nations that are rooted in their histories and invested in their destinies; nations that seek allies to befriend, not enemies to conquer; and most important of all, nations that are home to patriots, to men and women who are willing to sacrifice for their countries, their fellow citizens, and for all that is best in the human spirit.

In remembering the great victory that led to this body’s founding, we must never forget that those heroes who fought against evil also fought for the nations that they loved.

Patriotism led the Poles to die to save Poland, the French to fight for a free France, and the Brits to stand strong for Britain.

Today, if we do not invest ourselves, our hearts, and our minds in our nations, if we will not build strong families, safe communities, and healthy societies for ourselves, no one can do it for us.

We cannot wait for someone else, for faraway countries or far-off bureaucrats — we can’t do it. We must solve our problems, to build our prosperity, to secure our futures, or we will be vulnerable to decay, domination, and defeat.

The true question for the United Nations today, for people all over the world who hope for better lives for themselves and their children, is a basic one: Are we still patriots? Do we love our nations enough to protect their sovereignty and to take ownership of their futures? Do we revere them enough to defend their interests, preserve their cultures, and ensure a peaceful world for their citizens?

One of the greatest American patriots, John Adams, wrote that the American Revolution was “effected before the war commenced. The Revolution was in the minds and hearts of the people.”

That was the moment when America awoke, when we looked around and understood that we were a nation. We realized who we were, what we valued, and what we would give our lives to defend. From its very first moments, the American story is the story of what is possible when people take ownership of their future.

The United States of America has been among the greatest forces for good in the history of the world, and the greatest defenders of sovereignty, security, and prosperity for all.

Now we are calling for a great reawakening of nations, for the revival of their spirits, their pride, their people, and their patriotism.

History is asking us whether we are up to the task. Our answer will be a renewal of will, a rediscovery of resolve, and a rebirth of devotion. We need to defeat the enemies of humanity and unlock the potential of life itself.

Our hope is a word and world of proud, independent nations that embrace their duties, seek friendship, respect others, and make common cause in the greatest shared interest of all: a future of dignity and peace for the people of this wonderful Earth.

This is the true vision of the United Nations, the ancient wish of every people, and the deepest yearning that lives inside every sacred soul.

So let this be our mission, and let this be our message to the world: We will fight together, sacrifice together, and stand together for peace, for freedom, for justice, for family, for humanity, and for the almighty God who made us all.

Thank you. God bless you. God bless the nations of the world. And God bless the United States of America. Thank you very much. (Applause.)